Comencé en el mundo de la hostelería con 17 años. Mi primer trabajo fue en el Pizza Roma de la calle Alberique y lo recuerdo con mucho cariño. Era la persona que recibía a los comensales y les invitaba a una copita de cava antes de sentarse. Luego, durante el servicio, echaba una mano a los camareros y cuando llegaba el momento dulce, llegaba yo -cual metáfora- empujando un carro precioso repleto de postres franceses de la pastelería Lambert. Vamos, una ceremonia de principio a fin, lo del Pizza Roma a finales de los 90.

Luego vino el Ribs del Centro Comercial El Saler, durante el primer año de universidad; el Hotel Mannin en Isle of Man ese mismo verano; La Posada, también en Isle of Man, ese restaurante español en medio del mar del Norte donde -esto que quede entre nosotros-, lo único español era yo.

Dicen que el verdadero periodismo está en las barras. Yo, por si acaso era verdad, siempre me he mantenido cerca de ellas. Para mí lo mejor de ese trabajo siempre fueron las personas. Era tanta gente la que pasaba por aquellos lugares… yo imaginaba sus vidas. La de la pareja ideal, la del ejecutivo infiel o la de los secret lovers.

Cuando acabé la carrera de Periodismo, todo cambió. Dejé atrás las comandas para centrarme en los reportajes. Y no fue hasta hace un par de años que me reencontré con la hostelería en Sweet Victoria un proyecto que disfruto y compagino con La embajadora.

Creo que lo paso igual de bien que hace 15 años pero no encajo igual de bien los desprecios de una minoría que se piensa que mi “yo camarera” está para chuparle el miembro o la miembra a su antojo.

Son pocos, afortunadamente, los que te hablan como a un trozo de carne -y te sueltan algún improperio-, los que te insultan con algún comentario que no viene a cuento o los que se creen que eres su esclava por una noche y te ordenan sumisión a su antojo. Y a mí, que me encanta pasar por empleada cuando voy a echar una mano -creo que es como más se disfruta, poniéndote a las órdenes de tu gente-, siempre me toca la joyita de turno.

Me callo y saco el capote. A estas personas les gusta que les hagas mucho la pelota. Se la hago. Me tiro al suelo, me arrastro… y cuando se van a ir, les digo: ¿qué tal? ¿han cenado bien? Algunos se dan cuenta de todo y reculan, saben que si quieres puedes con ellos.

Otros -los más justitos-, ahí ya se despachan y se corren de gusto delante de su pareja o de l@s amigach@s. Justo ahí es cuando les digo: ¿sabes qué pasa? Que te has confundido de fiesta esta noche. Soy tu camarera, no tu esclava. La próxima vez que te dé este arrebato de superioridad asegúrate de que sea fuera de mi casa. Buenas noches y buena suerte.

Escrito por:Dulce