No sé muy bien cómo empezar este post sin herir la sensibilidad de nadie. Podría valerme de eufemismos y poner paños calientes sobre mis letras, pero no cumpliría el objetivo de dejar claro que estas cosas pasan más veces de las que nos imaginamos. Yo tenía entre 7 y 8 años. Él cincuenta y tantos.

Yo no sabía muy bien qué pasaba cuando me sentaba sobre sus piernas. Había algo que bombeaba intermitentemente debajo de mí. Era como un tic nervioso que, de alguna manera, percutía sobre mis piernas, a la altura ya de las nalgas. Y así cada día que mi padre llegaba tarde a recogerme y me tocaba esperarme en la portería de aquel centro escolar, con aquel señor.

Eran los años 80. Y en mi entorno los aspectos relativos a la sexualidad eran casi un secreto, por no decir un pecado. Así que poco podía adivinar de esa situación. Lo único que sabía era que no me gustaba quedarme la última, después de la clase, porque sabía que acabaría esperando allí, en la puerta, sola en su regazo, sintiendo eso tan raro que me producía rechazo.

No conseguí entender qué narices le pasaba en la entrepierna a ese hombre hasta que fui mayor. Ni en los 80, ni en los 90, fui capaz de explicarle a nadie aquello, porque tampoco lo comprendía. Nunca me puso una mano en un lugar obvio, tampoco hubo ningún gesto de cariño, nada que hiciera saltar alguna alarma de mi pequeño universo.

Ya en la universidad descubrí la trampa. Podía dejarme su silla, ofrecerme otra o simplemente pasar de mí, pero aquel señor prefería cogerme al brazo para darse el gusto. ¡Qué cosas! ¿verdad?

Imagino que a estas alturas del post habrá gente diciendo, ¿y nunca hubo nadie que diera la alerta? ¿solo te pasaba a ti? ¿no será que eras muy pequeña y era otra cosa? Quizás son esas preguntas las que me han mantenido muda durante tantos y tantos años.

Cada vez que cuestionamos el dolor de una víctima estamos callando a la siguiente. Y así han ido pasando los días hasta hoy, en el maravilloso mundo de “el que más pueda para él”.

Yo ya hace mucho que decidí salir de todos los armarios que oprimen, que ocultan y que siliconan libertades con el objetivo de aparentar la normalidad. Llegado el momento se lo dije a mis padres -sus rostros eran tal y como imagináis-, a mi marido -para que lo tenga en cuenta con nuestros hijos- , a mis amigas y a toda la gente que me importa, no por necesidad sino por prevención.

Es importante que nuestros niños, adolescentes y mujeres, sepan que hay gente que puede dañarles por el mero hecho de ser superiores física o mentalmente. Los tabúes son autopistas para los abusadores, así que es mejor decir las cosas claras en casa y afuera.

Hoy solo quería decirle a quien me esté leyendo y lo necesite: que yo te creo. Que no sé cómo te llamas, ni por qué te pasó. Tampoco sé si se podría haber evitado, ni me importa. Lo único que sé es que eras débil -como yo- y no podías defenderte. Y ahora estás en boca de todos porque no lo has dejado ir.

Ya ves, con lo que nos gusta hablar de justicia y de libertad. Aquí todos dándonoslas de que somos iguales, de que vivimos en un país seguro en el que caminar sin miedo a media noche, repitiéndonos que el género no es una razón para ningún tipo de abuso, y tú ahí, contradiciendo a todos, llamando la atención con algo que ya pasó y ya no se puede cambiar. Hay que ver, que ganas de meter mierda.

Escrito por:Dulce