Justo cuando tenía este post a punto de publicar, sobre mi paso por Mugaritz, con una impresión bastante contrariada de la experiencia pero con la obligación de no defraudar con mis palabras sobre lo que es un DOS FLAMANTES ESTRELLAS MICHELÍN, leí un mensaje viral de alguien que le dio un bocado a una toallita en el restaurante de Berasategui.

Lo reconozco, leer la catetada me alivió [nos alivió]. Dejé de verme tan primaria, tan polarizada, tan políticamente incorrecta, por no haberle puesto la nota que todos los gurús gastronómicos le dan a Andoni, a su paso por Rentería. Y así es como este post cambió notablemente. Despojada del pudor y solidarizada profundamente con Rob, el señor que confundió una toalla enrollada con un rollito de vanguardia, quiero recordar al mundo -porque igual se le ha olvidado- que ir a comer a un sitio, con estrella o sin ella, es una historia con dos finales: comí bien / comí mal. Todo lo demás está muy bien para una exposición de arte o para una performance. Pero como dice mi madre -que hace el arroz al horno nivel Dios-, con la comida no se juega.

“No sé muy bien cómo enfocar la experiencia de mi paso por Mugaritz, si hacerlo como periodista, como rodamundo o como comensal. Bajo cualquiera de estas gorras me sobraría alguna estrella y bajo la última, también la razón de gastarme 250 euros en este laureado lugar. Vayan por delante mis más sinceras disculpas a todos para quiénes Mugaritz es un referente o incluso un templo. No seré yo quien diga en este post lo contrario. Seguramente el i+d+i esté reñido con el hedonismo y yo soy más de lo segundo -de ahí que me sobrara el cardo y algún camarero becario-“. Así comenzaba mi historia anterior. ¿Y la vuestra? ¿No habéis sentido alguna vez la obligación de no defraudar ante un sentimiento generalizado? Bueno, ahora sí. Aquí va:

Mugaritz, con la comida no se juega

6 amigos, un puente de diciembre por delante y una fiesta en casa de Andoni, en Rentería: 25 platos con los que experimentar, soñar, volver al origen y regresar al presente. Sin reserva para cenar por si salíamos petados del festín previsto en Mugaritz entre las 13.30h y las 17.00h. Deseosos de ser los dueños de esa mesa redonda del fondo del restaurante con vistas a la naturaleza, de impoluto mantel e inmejorable luz -la de su pared de cristal-.

Cuando alguien se promete un día con estrella, lo que está por venir está cantado: buena y pausada comida, mejores brindis, emplatados de revista y un postre que lo endulce todo tanto, que necesites pedirte un buen café o directamente un Martin Millers.

A mí, en Mugaritz, me faltaron varias cosas y me sobró alguna. Me faltó dirección de arte, platos espectaculares y emplatados únicos; Alguien que se preocupara en exclusiva de nuestra mesa, con delicadeza, con sobriedad, con profesionalidad; Un somellier que planificase desde el principio cómo poder maridar nuestra comida en función de nuestras expectativas; Y un postre.

¿Puede un menú de 25 platos no tener postre? Eso mismo nos preguntamos los 6 cuando chupamos el último plato: un caldo templado de gallina, maravilloso al tiempo que mágico -su presentación desafiaba todas las leyes físicas-. A mi marido le conquistó. Para un ingeniero, los procesos, las texturas y el jaque a la física, son argumentos suficientes para emocionarse ante el plato. Mis amigos y yo, aunque viajados y comidos, somos un poco más primarios y el veredicto no lo marca un desafío sino una emoción.

Y lo que me sobró fue el cardo, que se convirtió en la anécdota de la comida. Sí, comimos un cardo que se cultiva de una manera muy especial, pero no deja de ser un cardo. Supimos la vida entera y procedencia del cardo porque no pude continuar con la comida sin preguntar ¿por qué? ¿por qué narices había un cardo crudo en mi plato, sin más? Me dieron ganas de decirle que el cardo se hace en la olla, con un arròs en fessols i naps o con una cremita de almendras. Para mí, estuvo demás. Para los demás, lo que estuvo de menos fue tenerlo que preguntar.

25 platos son suficientes puntos de vista para narrar una historia, un número perfecto de actos para hilarla pero quizás demasiados para no fastidiarla, cuando la trama no es solvente. Bebimos vino, cava, agua, algún café y hasta Martin Millers. Pagamos satisfechos a las seis de la tarde 1.500 pavos y prometimos volver a celebrar la vida el año que viene en algún lugar como este. Juzgarnos nunca ha sido lo nuestro. Hedonistas, curiosos y periodistas, esa es la muestra de mi panda -sin remedio y sin causa-.

Tres horas después cenamos en Ganbara -en pleno centro de San Sebastián- y nos dimos un homenaje de cocotxas, txangurro y otros grandes de la gastronomía vasca, como el que se come a mediodía un hervidito y se tira a la cena en carpa. Mis amigas son unas tías con apetito y nuestros maridos unos tíos con suerte. Mugartiz es un buen sitio, pero si me guardáis el secreto, os diré que cenamos mejor que comimos.

Escrito por:Dulce