Debo de reconocer que, aunque soy una exploradora nata, soy una testaruda sensitiva, de ahí que haya tardado tanto en hacer este viaje gastronómico y sensorial. Tampoco negaré que quien verdaderamente me llevó a esta mesa en la que el ciego es el rey, fue mi colega Jose Javier, el maitre de El Gastrónomo, con quien tantas peripecias gastro he vivido.

Javi Sentidos -así le llaman en petit comité al generador y productor de la cena de casi todos los sentidos– ya me tentó en la última Marvidad, cuando la suerte nos sentó juntos a la hora de la cena en casa de Tino, en una de las enredadas gastro de Marcos Robles a la que no faltó Bea Cebrián pero sí Paula Pons y Esther Cerveró, que andarían criando seguramente. Pero no sé… ¿cenar sin ver? No me convenció. Es tan importante la experiencia visual en esto del comer… pensaba yo.

Menos mal que Jose Javier me lió, cuando se vino arriba y la programó en su restaurante. Y menos mal que fui con mi compañero, con quien todo lo siento y al que preferiría tocar u oir, a verlo, si mañana se acabasen las horas que nos quedan por vivir.

Ojos tapados, paladares descubiertos

No me gustaría spoilear la cena de casi todos los sentidos y fastidiar una de las experiencias más bonitas que os quedan por vivir a quiénes no lo hayáis hecho ya. Así que este post va más de sentimientos y sabores, no es una crónica gastro.

Hay una frase del principito super popular, que todo el mundo conoce, e incuestionable, que dice que “lo verdaderamente importante es invisible a los ojos”. Bien, creo que este fue el punto de partida de mi cena.

Mi abuelo era ciego, así que la oscuridad para mí no es una extraña. Le observé tantas veces de niña desenvolverse, me mostró tantas veces el camino con la punta de su bastón, que en esta cena me di cuenta de que yo también tengo algo de ciega, porque me sentí con los ojos abiertos desde el principio hasta el final en lo que respecta a la propiocepción de mi cuerpo y de las personas y objetos que nos rodeaban. Mi chico estaba mucho más tenso, más perdido, y lo más paradójico… viviendo una cena totalmente diferente a la mía pero igual de fantástica o más.

Abre la boca

A la cena de casi todos los sentidos no solo se va a cenar y lo único que debes hacer es abrir la boca cuando te lo indican. Todo lo demás, TODO -con mayúsculas-, te va calando en la piel como una lluvia fina de sentimientos y recuerdos, que regresan de las capas más profundas para decirte “nunca nos fuimos, estás hecho de todo esto y hoy hemos venido a decirte que puedes volver a contactar con nosotros siempre que lo desees, pero para encontrarnos tienes que saber buscarnos”.

Estigmas desapercibidos

La vista es cruel. Nos impide acceder a tantas cosas… Cuando vemos que algo está lejos, nos planteamos si merece la pena el camino; Los ojos discriminan solamente por la apariencia; Y lo peor de todo, nunca reportan toda la información que necesitamos para actuar en consecuencia.

Odio el salmón, no me gusta. Me comí dos tipos de salmón, ambos sublimes. Amo el foie, es uno de mis platos favoritos. Me costó.

Lo que no cambia

Solo hubo una experiencia que permaneció inmóvil en la línea de temposensorial. Los bocados de steak tartar de El Gastrónomo son, con antifaz y sin él, como un trago de vino o un trozo de pan recién horneado: inamovibles, irrenunciables y reconocibles en cualquier situación.

Creo que el lugar tuvo mucho que ver en esta ópera. Dice Jose Javier que su equipo lloró en un momento álgido de la cena, de emoción. Yo también lloré, me estremecí y reí, todo a partes iguales en una noche sin igual.

Gracias por tanto a Javi Sentidos y al Gastrónomo. Esta cena no es la de casi todos los sentidos, sino la de por encima de todos los sentidos.

Escrito por:Dulce