Me gusta la comida cruda. Considero que me acerca al estado natural de las cosas, normalmente me refresca y me sacia más y mejor que cualquier guiso que acaba haciendo estragos en mi digestión y tirando al suelo cualquier momento creativo del día.

Soy fan de los tartares, ceviches, marinados, carpaccios y todo lo que sabe y suena a realidad. En estos platos no hay trampa ni cartón. O hay producto y sabrosura, o no hay quien se lo coma porque no hay disfraz que lo encubra.

Y así es cómo acabé una noche en el nuevo Crudo Bar. Nunca lo visité cuando estaba frente al mercado central -y no fue por falta de ganas sino de trabajo y eventos varios-, así que aproveché su mudanza a Corretgería, 7 para darme el placer de probar el menú degustación junto a unos cuantos gastrópatas, gurmandos y crudistas que, como yo, no quisieron perder la ocasión.

menu degustacion crudo bar

Japón, Perú, Rusia, México, Francia, Filipinas… la vuelta al mundo alrededor de una mesa. Así es una noche de pasión crudívora en Crudo Bar. Doy fe. Nada de imitaciones. El ceviche puro de corvina es un ceviche peruano, como que soy amiga de Amalia Bayonas y Fernando Franco. El aguachile fue otro gran momento de la noche, a mi amigo Ricard Chicot le habría flipado.

Pero que nadie se eche a llorar si su pareja o a ese colega con el que sale a descubrir los mejores gastrogaritos de la ciudad, piensa que la vida crudívora es la vida peor. Hay opciones para los que prefieren el vuelta y vuelta: Pulpo a la gallega con mousse de patata morada, entrecot o croquetas de chipirones en su tinta, son algunos de los platos que listan en una carta que cambia con regularidad y que, si bien se centra en este innovador concepto de “lo crudo” como denominador común, ofrece también platos cocinados.

crudo bar valencia

Ya en el postre me di cuenta de algo en lo que no había reparado. El mar es la principal fuente de materia prima de Crudo Bar, de ahí su aspecto marinero y sofisticado, también su carta atiborrada de pescados y moluscos frescos. Del mar a la mesa.

La vaca y la cabra no saben nadar, así que la tarta de queso era terrenal pero podrían abrir una sección de productos del cielo y meterla dentro, porque estaba buena hasta decir basta.

Me gustó. Mucho. Lo suficiente como para volver a cada antojo crudívoro, charlar con Jorge (uno de los artífices de este templo RAW valenciano), beberme unos vinos y saborear la vida misma. Así en crudo, sin posverdad.

Olvidaba decir que también me gustan las personas crudas, los momentos crudos y las historias crudas. Me gusta cuando el calificativo “crudo” hace referencia a lo original y lo original al origen de las cosas. La crudeza no siempre es un sustantivo que le hace justicia a lo que consumimos sin aderezos ni carbón.

Escrito por:Dulce