Cuando llegas a un restaurante, llegas a la casa de alguien. Eso es así siempre, aunque haya quien todavía no aprecie que una mesa puesta es el máximo cortejo que puede recibir una visita en el lugar indicado. Oganyo es la casa de Lourdes Reyna y Karlos Moreno, y con esa premisa entramos mi chico y yo a cenar.

Cruzar la puerta de Oganyo es un ejercicio de buen gusto. No hay detalle que se le haya escapado al que pensó en él como un templo culinario, un lugar en el que descubrir y saborear, departir y amar, compartir y estar, sin miedo a la magnitud o a “llenar”.

“Buenas noches, bienvenidos. ¿Hemos tenido el placer de atenderles en alguna ocasión?”, ser bien recibidos un miércoles por la noche es una premisa para irse bien pagados -valga la expresión para el corazón y el bolsillo-. El maitre estaba solo y había poca marcha pero con su bienvenida nos convenció de que nadie como él para darnos de cenar un miércoles con la primavera recién anochecida en la ciudad.

Cuando abrimos la carta de vinos nos faltó un cava brut nature -punto crítico de la velada-, pero en la carta de comida lo único que nos faltó fue más noche para poder probar toda la propuesta de un chef que ha puesto por escrito todo aquello que te produce estímulo-respuesta con un reflejo condicionado [Paulov eaters].

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Dos Gildas, un paté de campaña con chutney de mango, un mollete de papada de cerdo, dos croquetas de jamón, un steak tartar y unas cuantas vieiras, fueron las responsables de la complacencia y la serotonina en torrente de quien sabe que eligió el mejor lugar para celebrar su aniversario.

De aquella noche nos llevamos varias conclusiones para en adelante: que las mejores croquetas de España se comen en Echaurren según los críticos y en Oganyo según nosotros, que no encontrar un Gramona puede llevarte a celebrar con un André Clouet [brindar, beber, comer, repetir] y que cuando el buen gusto te alcanza, las palabras “el gusto es nuestro” son karma y adalid.

Escrito por:Dulce