Estar en medio de la naturaleza, en un valle por el que no ha pasado el tiempo, y haber cambiado la tienda de campaña -que debería ubicarse en un escenario como ese- por una villa excepcional, muy por encima de cualquier fotografía cuqui de instagram, es como un sueño hecho realidad y se llama Vivood.

Nos costó dar el paso y lanzarnos a la reserva, pues el precio de un hotel como Vivood es para pensárselo durante un periodo de tiempo -hasta que Pepito te recuerda que solo se vive una vez y este es nuestro turno-. Pero una vez nos decidimos, optamos por la ‘opción a lo grande’. Puestos a ir de campamento, vayamos a la villa.

Alrededor de 300 euros tienen la culpa una sola noche en una villa de Vivood, pero como decía mi abuelo “el dinero solo sirve para gastarlo”, así que satisfechas las primeras necesidades, nos dimos un capricho de primavera del que todavía llevamos algo de sedimento en la piel y en el corazón. Es un buen lugar para recordar que estamos vivos y que somos afortunados por poder disfrutar del poco tiempo que nos dejan las obligaciones.

Nada más llegar a Vivood, la experiencia comienza en la recepción. Un pequeño cubo prefabricado antecede al resort, donde te ofrecen algo para beber y te miran a los ojos con la certidumbre de que estás a punto de gritar Oh my God! -al más puro estilo instagramer-.

Check in solventado, un cochecito tipo carrito de golf viene a por ti y todo lo que tú más quieres en ese preciso momento [tu lover y tu equipaje] y te lleva al cubo que elegiste: puede ser una suite o una villa, la primera de menor tamaño y sin jacucci privado pero aun así también maravillosa.

Nuestra villa (solo se vive una vez) era la 32 (podéis ver el vídeo completo aquí). Fue abrir la puerta y tacháááán. Nunca hemos sido celebrities ni ricos, pero después de aquellos días, nos hemos podido hacer una idea sobre cómo es la vida cuando en tu cuenta del banco es siempre principio de mes.

Una cocina office en medio de un salón acristalado con vistas a la nada, a la inmensidad de la naturaleza, y a tus pies una terraza con un jacucci de visión infinita, todo servido por un pasillo exterior lateral. Abajo, literalmente un piso más abajo, una habitación maravillosa con otra pared de cristal en la que seguir contemplando la vida sin que nadie pueda verte disfrutar de todo lo que te apetezca.

Que te cansas de mirar y de que no te miren… bajas la pantalla y te pones tu serie preferida de Netflix. También puedes darte una ducha con vistas a la montaña y untarte con todos los amenities de Rituals. ¡Para qué más!

La puesta de sol es otro hit de Vivood, los vecinos del Melrose Place Natura de la Marina Baixa acuden como hormiguitas a la hora del sunset, cocktail en la mano y voz bajita. Se miran afortunados. El 100% de los huéspedes son parejas que se observan, se repasan, se reencuentran, se recuerdan, se imaginan… algunos ni se conocen pero sienten que están donde les corresponde (mucho tinder y pocas nueces).

Y llega la noche y el silencio se agranda. Las chicharras callan y los más escandalosos están insonorizados por las paredes de su cubo (la nocturnidad primaveral pide interior). Pedimos cena del room service, abrimos nuestra botella de Kripta (traída de casa) y celebramos aquel día.

La madrugada transcurrió igual que en el resto de las casas del mundo, hasta que amaneció y nos dimos cuenta de la suerte de ser campistas en un hotel de lujo.

 

Escrito por:Dulce